¿EUROPA EN LLAMAS?

Por Ángel Saldomando.

La ola de malestar y protestas que atraviesa varios países de la unión europea ha roto la imagen de progreso continuo de la unión. Durante los últimos treinta años la unión europea exhibía un modelo de integración económica y política exitoso. Un modelo sin embargo engañoso. El viraje en los años 80 del siglo pasado hacia la globalización neoliberal, bajo hegemonía alemana, ha corroído justamente los avances del estado de bienestar de posguerra. El triángulo virtuoso de crecimiento, redistribución, servicios públicos, fue progresivamente sustituido por privatizaciones, más desigualdad, vulnerabilidad social y perdida de integración económica interna, con desmantelamiento de importantes sectores de la estructura productiva. La integración política ha construido una pesado y burocrático andamiaje que se fue imponiendo incluso contra la voluntad de los propios pueblos. Prueba de ello fueron los sucesivos referéndums que buscaron legitimar las decisiones de las instancias europeas y que fueron rechazados por las sociedades nacionales. Cuando ello ocurrió los resultados fueron desconocidos por las instancias de dirección de la unión. Ello creó un profundo malestar y desconfianza hacia el manejo de la unión, con un poder gris poco transparente. La Europa social fue quedando cada vez más rezagada por la integración económica, en realidad un proceso de concentración a escala europea, con gran autonomía por parte de los grupos económicos. La Europa democrática fue a su vez quedando cada vez más anémica frente al poder de la comisión supranacional que utiliza sanciones y regalías sin tapujo en función de la adhesión a sus decisiones. Europa no solo se fragilizó hacia adentro, perdió terreno en el mercado global y en lo geopolítico se volvió irrelevante, subordinada a las aventuras y virajes del cada vez más inestable imperio estadounidense.
Un sordo debate sobre el estado de la unión comenzó a instalarse desde hace más de una década. Pero la unión es ahora un mamut difícil de mover. Un trabajo de introspección y prospectiva se le encargó a Mario Draghi, ex primer ministro italiano y reconocido eurocráta, para proponer alternativas. El texto sin embargo ha pasado desapercibido, en sus grandes líneas es más de lo mismo y el diagnóstico es erróneo. Pertenece a una época extinguida.
El crecimiento del malestar, la incertidumbre y la perdida de competencias de los gobiernos nacionales para sus respectivos países, han generado una exasperación sin salida política. Las derechas tradicionales, y las socialdemocracias se volvieron ambas social liberales, se mimetizaron. Se diferencian solo en una alternancia de colores en las elecciones, pero son uniformes en la aplicación de las mismas políticas. Lo que antes podía ser interpretado como expresión de estabilidad y consenso, es ahora símbolo de parálisis e impotencia.
Ello abrió un enorme espacio para la explosión del descontento por las derechas extremas, sacan partido del malestar masivo con el modelo, sin proponer ningún cambio y sin asumir los costos del continuismo. Las izquierdas a su vez fueron arrinconadas por las tenazas del social liberalismo, con pocas excepciones, Francia y España son algunos casos. La inestabilidad política y la rápida usura de las alternancias de gobierno muestra que la unión ha entrado en una fase de crisis. Evidentemente tiene con que resistir, pero se está lejos de estabilizar la nave en medio de la tormenta.
La ola de descontento actual es una mezcla del malestar acumulado y de una situación detonante. A la vulnerabilidad social se sumó el explosivo encarecimiento de la vivienda, la alimentación y el combustible. Razones que aparecen generalizadas en las encuestas de opinión. A ello se sumó el creciente aumento de la vulnerabilidad social y la pobreza. En 2025, 92,7 millones de personas en la UE corrían el riesgo de caer en la pobreza o la exclusión social; esto equivalía al 20,9% de la población de la UE. Los más afectados son las mujeres y los jóvenes entre 18 y 24 años. Signo de los tiempos, el endeudamiento personal se dispara, así como las cuentas a descubierto por la imposibilidad de llegar a fin de mes. Las condiciones de vida más difíciles se adicionan a la incertidumbre sobre las perspectivas, en general pesimistas. Ello contrasta con los discursos oficiales, el nivel de vida de las elites y los repetidos llamados al sacrificio, la austeridad y los recortes presupuestarios. Un rencor social contenido se ha desbordado, no siempre con las buenas maneras y el orden público que reclaman las elites, que insisten en poner el acento exclusivamente en el orden público, confundiéndolo con un orden social cada vez más injusto. La separación de ambos es una mezcla explosiva

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