Por Ángel Saldomando
La historia parece repetirse una y otra vez. Acumulación extendida y transversal de descontento social, oídos sordos del poder y del sistema político, respuesta represiva cuando la movilización social se incrementa y agudización del enfrentamiento en las calles, en todas sus variantes. Desde el clásico con la policía hasta saqueos e incendios. Y a partir de allí las derivas posibles pueden volverse más conflictivas e inciertas. El muy políticamente correcto diario Le Monde, en su editorial del lunes 19 de octubre, sostiene que nada justifica los excesos escandalosos de las manifestaciones, pero que hay distinguir entre reivindicaciones legitimas expresadas sin violencia y los comportamientos de los que saquean que deben ser condenados por todas las fuerzas políticas, dice Le Monde. La editorial continúa afirmando que el gobierno de Macron durante diez años ha ignorado todos los movimientos sociales, encerrado en una sordera que lo ha aislado de todos los interlocutores posibles para canalizar el descontento y negociar soluciones. Ejemplos claros han sido el movimiento de los chalecos amarillos de 2018 y el movimiento contra la reforma de las pensiones, pasadas por decreto en 2023. Ambos movimientos tenían apoyo mayoritario en la opinión como es el actual.

El diagnóstico que presenta la editorial es real, pero se queda corto. La cuestión queda reducida a un mal manejo político de un prolongado mandato gubernamental, dos periodos. Frente a lo cual recomienda cambiar de táctica. En realidad, el problema es más sistémico y el margen de maniobra es cada vez más reducido dentro del mismo modelo social y económico impulsado en los últimos 25 años, demasiados. Las tensiones se han acumulado estructuralmente y la dimensión del descontento es masiva, esta es la cuestión de fondo que el establishment asociado al modelo no puede asumir. Lo que asocia la situación de Francia a una deriva europea que expresa la crisis del ciclo iniciado en las reformas neoliberales desde los años 80 del siglo pasado y continuado hasta la actualidad. La adhesión sin cortapisas a la globalización neo liberal fragilizó social y económicamente a Europa. El retroceso del estado de bienestar, el crecimiento de las tasas de pobreza y de vulnerabilidad social son la otra cara de los grupos económicos que renegaron del pacto social para señalar las condiciones laborales y las garantías sociales como costos que lastran su internacionalización y competitividad en sectores en los que han perdido mucho terreno estratégico. Este modelo ha llegado a su fin, pero por el momento no hay otro de remplazo.
En Francia desde 1995, con una huelga general de dos meses, la resistencia social al modelo social y económico regresivo ha sido fuerte, Pero la derecha como la socialdemocracia se sumaron a la globalización y cerraron el sistema político. A ello se sumó la Unión Europea que se convirtió en una camisa de fuerza bajo hegemonía alemana. No importa el color del gobierno, desde hace 25 años siguen la misma política, con un relato que ha perdido legitimidad y sin resultados a la vista, tampoco tienen a quien echarle la culpa pues han gobernado en alternancia por este largo periodo. En este contexto hay exasperación social y percepción de que se ha tocado fondo. Tomas Piketty, reconocido economista francés, en una entrevista reciente sostiene que el problema no es de riqueza, Francia es más rica que en toda su historia. El problema, dice, es de distribución.
Comparativamente Francia es hoy tan desigual como en 1789. Pero reducir la desigualdad no es solo un problema de impuestos, es cambiar de modelo social y económico. El establishment francés no quiere ni oír hablar de eso. Por el contrario, piden más flexibilidad laboral, más reducción de impuestos, que en el caso francés han desfondado las cuentas públicas, aumentando el endeudamiento. Paradojalmente la extrema derecha recoge el malestar apelando a todas las soluciones fáciles, expulsar emigrantes, instaurar orden, restaurar la nación, etc. No aborda ninguna cuestión de fondo, pero funciona.
La derecha tradicional sin relato, presionada por los grupos económicos y por la extrema derecha, cede y se atrinchera en la continuidad y la represión como garantía de que aún puede guardar el control. No se sabe hasta cuándo. La socialdemocracia francesa está en bancarrota, el partido comunista casi no existe y la izquierda emergente de la Francia Insumisa, segunda fuerza política en la actualidad, es demonizada por el resto del espectro político. Es el pánico a debatir sus planteamientos que exponen la crisis del modelo. La sociedad francesa de larga tradición de movilización social, en su diversidad busca desesperadamente una salida, puede terminar mal o abrir una alternativa. Francia pese a sus recursos culturales, humanos, tecnológicos y a un servicio público que otrora fue referencia toca fondo.