PENSAR UNA SEÑAL | FEMINISMO DECOLONIAL, PATRIARCADO Y COLONIA

Por Adriana Fernandez Vecchi.

Las opresiones de género no pueden comprenderse de manera aislada de los procesos históricos de colonización, dominación y explotación que han configurado las sociedades modernas. Desde la perspectiva del feminismo decolonial de María Lugones y del feminismo de Silvia Federici, las violencias de género, las prácticas homofóbicas y los femicidios no constituyen fenómenos individuales o meramente culturales, sino que forman parte de una estructura histórica de poder vinculada al colonialismo, al capitalismo y al patriarcado.

Para María Lugones, el patriarcado moderno es inseparable de la colonialidad. La autora sostiene que la conquista europea impuso una clasificación jerárquica de la humanidad basada en la raza, el género y la sexualidad, produciendo lo que denomina el “sistema moderno/colonial de género”. En este marco, las poblaciones indígenas y afrodescendientes fueron sometidas no solo mediante la explotación económica, sino también a través de la imposición de modelos occidentales de masculinidad y feminidad que destruyeron formas previas de organización social y comunitaria. El patriarcado colonial opera, entonces, como un dispositivo que naturaliza la subordinación de las mujeres y de todas aquellas identidades que desafían la norma heterosexual impuesta por la modernidad occidental.

Por su parte, Silvia Federici analiza el patriarcado como una condición necesaria para la expansión del capitalismo. Según la autora, la consolidación del sistema capitalista requirió la apropiación del cuerpo de las mujeres, la subordinación del trabajo reproductivo y la destrucción de formas comunitarias de organización. La persecución de las mujeres durante la caza de brujas en Europa constituyó, para Federici, un proceso fundamental en la construcción de un orden patriarcal que garantizara el control de la reproducción social y la acumulación de riqueza. Desde esta perspectiva, las violencias de género contemporáneas expresan la continuidad de una lógica histórica que convierte los cuerpos y las vidas en objetos de dominación y explotación.

En consecuencia, las violencias de género, las homofobias y los femicidios pueden interpretarse como manifestaciones de una cultura colonial-capitalista-patriarcal que reproduce relaciones de desigualdad y exclusión. Estas prácticas no son hechos aislados, sino expresiones de una matriz de poder que continúa organizando la vida social mediante la jerarquización de los cuerpos, los saberes y las identidades.

Frente a esta realidad, tanto Lugones como Federici proponen recuperar experiencias, conocimientos y formas de resistencia que han sido históricamente invisibilizadas por las narrativas dominantes. La reconstrucción de la memoria colectiva, la valoración de los saberes comunitarios y la defensa de los bienes comunes constituyen estrategias fundamentales para cuestionar las estructuras de opresión y abrir caminos hacia formas más justas de convivencia.

En diálogo con estas perspectivas, Enrique Dussel plantea la necesidad de construir alternativas éticas y políticas desde las víctimas y los sujetos históricamente excluidos. Su propuesta de la Buena Vida no se fundamenta en el individualismo moderno, sino en la relacionalidad, la reciprocidad y el reconocimiento de la interdependencia entre las personas, las comunidades y la naturaleza. Desde esta mirada, una salida posible a las violencias patriarcales implica fortalecer los vínculos comunitarios, promover prácticas de cuidado mutuo y recuperar la condición de los comunes como espacios de producción y reproducción de la vida.

La defensa de los comunes (termino que utiliza Federici para determinar formas de vida comunitarias de equidad), supone reconocer que la existencia humana se sostiene a partir de relaciones de cooperación y solidaridad que trascienden la lógica mercantil. En este sentido, la Buena Vida propuesta por Dussel constituye una alternativa crítica al modelo colonial-capitalista-patriarcal, ya que coloca en el centro la dignidad de las personas, la justicia social y el cuidado de la vida en todas sus dimensiones. De este modo, la superación de las opresiones de género requiere no solo transformar las relaciones entre mujeres y varones, sino también cuestionar las estructuras históricas de dominación que continúan reproduciendo desigualdades y vulneraciones de derechos.

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