Por Adriana Fernández Vecchi
Hay partidos que se juegan en una cancha y otros que se disputan en la historia. La Selección Argentina nos recuerda, una y otra vez, que un equipo no abandona cuando el marcador está en contra. Corre, resiste, se organiza y pelea cada pelota hasta el último minuto. Esa convicción colectiva invita a preguntarnos: ¿qué ocurre con el partido de lo nacional cuando la soberanía se encuentra amenazada?
En la homilía del Tedeum por el Día de la Independencia, el arzobispo católico romano Jorge García Cuerva llamó a dejar de lado la indiferencia y la fragmentación para reconstruir una patria donde nadie quede descartado. Sus palabras recuperan el verdadero sentido de la independencia: no solo una gesta del pasado, sino una responsabilidad presente para defender el trabajo, la dignidad y el bien común.
Hoy asistimos a un escenario en el que la entrega de recursos estratégicos, el vaciamiento del sistema científico y tecnológico y el desfinanciamiento de proyectos fundamentales comprometen el futuro. Un caso emblemático es CAREM, el primer reactor nuclear modular de pequeña potencia desarrollado íntegramente en la Argentina, fruto de décadas de investigación, inversión pública y formación de científicos e ingenieros. Debilitar este proyecto no significa únicamente detener una obra: implica resignar capacidades estratégicas, autonomía tecnológica y soberanía científica.
Al mismo tiempo, el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) estimó que los beneficios fiscales otorgados por el RIGI podrían representar una renuncia recaudatoria para el Estado superior a los mil millones de dólares anuales, dependiendo del nivel de actividad de los proyectos. Esa menor recaudación limita la capacidad estatal para financiar educación, salud, ciencia, infraestructura y políticas de desarrollo productivo.
La discusión no es solamente tributaria. Es una discusión sobre el modelo de país. Cuando el Estado resigna recursos permanentes, también reduce su capacidad de sostener universidades, institutos de investigación, hospitales, caminos, energía y programas de innovación. La pérdida de ingresos públicos termina impactando sobre el empleo y la calidad de vida.
A esto se suma otra realidad preocupante. Aunque algunos indicadores macroeconómicos puedan mostrar crecimiento, ese crecimiento no necesariamente genera trabajo. En particular, la industria manufacturera continúa sin recuperar los niveles de empleo que supo tener. Una economía puede aumentar sus exportaciones a partir de actividades altamente concentradas y con escasa demanda de mano de obra, mientras miles de trabajadores quedan excluidos. El desafío del desarrollo no consiste solamente en producir más, sino en producir con valor agregado, innovación y empleo de calidad. La Argentina no puede resignarse a exportar únicamente materias primas o productos tradicionales; es también un país capaz de producir tecnología nuclear, satélites, medicamentos, maquinaria agrícola, biotecnología y conocimiento.
En este punto resulta sugerente la reflexión de la escritora Paula Puebla, cuando invita a pensar el futuro desde la capacidad de imaginar nuevos horizontes y no desde la resignación. Ningún país construye soberanía si abandona la ciencia, la educación y la creatividad de su pueblo. La sostenibilidad económica requiere una política que fortalezca la producción nacional, promueva la innovación y distribuya oportunidades para las próximas generaciones.
Frente a este panorama, la apatía social puede convertirse en el mayor aliado de un retroceso planificado. Cuando se instala la idea de que nada puede cambiar, se debilita la voluntad colectiva de defender aquello que pertenece a todos.
Como en el fútbol, los partidos importantes no terminan mientras exista un equipo dispuesto a luchar. La verdadera independencia se juega todos los días. Y, como la Selección, solo un pueblo que cree en sí mismo, que no baja los brazos y que juega unido puede dar vuelta el resultado y construir un futuro con dignidad para todos.