PENSAR UNA SEÑAL | REBASAR LOS LÍMITES DE LA FELICIDAD

Por Adriana Fernández Vecchi

¿Cuándo un pueblo es feliz? ¿Cómo se da la posibilidad que las sociedades libres basadas en el principio de autonomía puedan a la vez exigir instituciones participativas? ¿Cuál es el tenor de la fuerza de la construcción de la gobernabilidad?

En las democracias actuales parece que estas consideraciones son un asunto que se perdió de vista, dando por sentada la unidad social sin cuestionarse las determinaciones públicas de participación.

De este modo el tema de la identidad del sector privado expresadas en obligaciones y derechos con su sociedad e instituciones fue perdiendo la dimensión ética de sus determinaciones de relación con el Bien común.

Participación e identidad parece que se alejan de la conformación histórica de la sociedad.

La identidad alcanzada sólo en el seno de lo efectivamente público, se define hoy, en las sociedades contemporáneas, en términos de legitimidad.
Legitimidad que tiene estrecha relación con consenso, y ambos son conceptos, que siguen opiniones subjetivas.

Representa cómo vive el individuo dentro de la institución. Además, lo legítimo se refiere a aquello que es lícito. Pero la identidad es una construcción historica que narra nuestro si mismo como comunidad organizada.

Así se disuelve el valor ético que adquieren las instituciones, y esto sucede cuando un pueblo no encuentra su sentido en la encarnación de un espíritu comunitario a través de su vida política. El ethos, como modo de ser que se va tejiendo en torno a la elección de su felicidad histórica, como costumbres de reconocimiento, como sociedad en la construcción del Bien común. Lo público como legitimación, cuando no articula orgánicamente con la sustancia colectiva organizada en el Estado, queda subordinado o desaparece en la Sociedad civil. La sociedad civil es la vida del ciudadano a disposición de los intereses económicos. Se organizan los vínculos a partir de los beneficios de sectores particulares.

Sin Estado, sin poder público, la labor social es considerada como empresa colaborativa de individuos libres, cuyas relaciones pueden ser constantemente remodeladas mediante negociaciones y decisiones comunes. La sociedad civil da cuenta de alguna manera, de este posible desarrollo en donde la dialéctica público-privado queda irresuelta.

Creemos ver aquí fuerzas perturbadoras que amenazan al Estado como organizador del Bien común. Ese peligro es la fuerza del interés privado, inherente a la sociedad civil y a su modo de producción, que constantemente desafía rebasar todo límite, polarizar la sociedad entre ricos y pobres y disolver los nexos del Estado. Porque, si bien el Estado podría sobrevivir sin democracias locales, éstas no podrían hacerlo sin instituciones nacionales.

Frente al nuevo privatismo tecnocrático libertario, se revela una ciudadanía que huye del malestar social, con un pensamiento mágico, privilegiando esferas íntimas con rumbos inciertos.

Actualmente se generan nuevas alianzas político-sociales. Esto repercute directamente en la participación política. Por otro, la fractura social y de gobernabilidad deja fuera de la vida política a buena parte de la población.

Si desapareciera el poder público, el sistema caería en un estado de explosión social. El costo social podría provocar dos fenómenos: Uno, un nuevo rol del ciudadano con nuevas “identidades sociales” que operan desde un modelo económico y no político. Y por otro, que la violencia social cotidiana termine desembocando en violencia política.

Despertar frente a la pérdida de derechos es trágico. Lo trágico siempre es amargo.
Sin embargo, como el Martin Fierro, después de romper la guitarra a los cuatro vientos, volvió. El fantasma que acosa a los Estados democráticos latinoamericanos es la no consolidación del sistema. Una está emparentada con el sistema político formal, conjunto de reglas, de procedimientos para la toma de decisiones colectivas. Indispensable porque no hay Estado de derecho sin un sistema codificado que controle y que regule la arbitrariedad del poder. Pero además se debe resolver: ¿qué pasa con la historia de memoria, verdad y justicia?, ¿qué sucede con la historia de los derechos ganados?, ¿qué perfil de argentinidad tenemos?, ¿Qué se entiende por felicidad?, ¿sufrir?.

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