PENSAR UNA SEÑAL | La necesidad de tener una alegría: la politización del partido

Por Adriana Fernandez Vecchi

El partido no está ni estuvo escindido de nuestra realidad. Esta inserto como sentimiento y pertenencia en nuestro estar y ser. Estamos atravesados por aquellas cosas que nos acontece y valoramos. La esencia deviene del estar.
Lic.Marta Martinángelo.

Las sociedades no se sostienen únicamente sobre la racionalidad económica ni sobre los indicadores de crecimiento. La vida de un pueblo también se configura a partir de experiencias simbólicas capaces de fortalecer la identidad colectiva y renovar la esperanza en contextos de profunda adversidad. Rodolfo Kusch, desde su concepción de la geocultura, cuestiona la supremacía de la racionalidad moderna occidental, fundada en la abstracción y el individualismo, para proponer una comprensión del conocimiento situada en el territorio, la historia y la experiencia comunitaria. El pensamiento popular no se limita al razonamiento lógico, sino que integra el sentir como una forma legítima de conocimiento. Esta inteligencia sentipensante o una inteligencia emocional, articula razón, emoción, memoria y pertenencia, permitiendo comprender los acontecimientos desde la experiencia vivida por el pueblo. En la Argentina contemporánea, marcada por el crecimiento de la pobreza, la desigualdad social, la precarización laboral y la vulneración de derechos de numerosos sectores, entre ellos las personas que enfrentan crecientes obstáculos para acceder al trabajo y a condiciones de vida dignas, el desaliento se convierte en una experiencia cotidiana. La incertidumbre económica, el debilitamiento de las redes comunitarias y la percepción de injusticia producen una profunda apatía social. A esto se suma la “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada”, que busca derogar la ley 26.737 que protege la soberanía nacional, la cual limita que las tierras estén en manos extranjeras. En este escenario, la alegría colectiva adquiere un significado que excede el entretenimiento: constituye una necesidad cultural y política.
El partido disputado entre Argentina e Inglaterra representa un claro ejemplo de esta dimensión simbólica. No se trata únicamente de un encuentro deportivo. En la memoria histórica argentina, Inglaterra remite inevitablemente a la Guerra de Malvinas y al reclamo permanente de soberanía sobre las islas. Cada enfrentamiento entre ambas selecciones reactualiza esa memoria colectiva y moviliza sentimientos profundamente arraigados de identidad nacional. El triunfo deportivo es experimentado por mucha gente como una afirmación simbólica de la argentinidad, condensada en la consigna “Las Malvinas son argentinas”. No sustituye la reivindicación política ni modifica la realidad política, pero fortalece un sentimiento de pertenencia construido históricamente.
Desde la perspectiva de Kusch, este fenómeno no puede explicarse exclusivamente mediante categorías racionales. La emoción compartida constituye también una forma de conocimiento y de producción de sentido. El pueblo no solo piensa la nación; la siente. Esa alegría colectiva fortalece los vínculos comunitarios, reactiva la memoria histórica y nutre la energía popular necesaria para enfrentar las dificultades de la vida cotidiana. Allí donde predominan el desencanto y la resignación, la celebración compartida produce una recuperación momentánea de la potencia colectiva.
Desde la perspectiva ética de Enrique Dussel, la vida de los pueblos constituye el criterio fundamental de toda práctica política. La Ética de la Liberación sostiene que las decisiones públicas deben orientarse a la producción, reproducción y desarrollo de la vida humana en comunidad, especialmente la de quienes han sido históricamente excluidos del sistema. En ese horizonte, la alegría popular no puede reducirse a una emoción pasajera ni a un mecanismo de evasión de la realidad. Por el contrario, expresa una dimensión vital que fortalece la subjetividad colectiva y recupera la capacidad de actuar frente a la opresión. Cuando un pueblo celebra, reafirma que continúa existiendo como sujeto histórico y que conserva la posibilidad de transformar las condiciones de injusticia. En este sentido, la alegría compartida puede comprenderse como una afirmación de la vida frente a las múltiples expresiones de muerte social, exclusión y desesperanza que atraviesan la realidad contemporánea. La celebración colectiva no reemplaza la lucha por la justicia, pero alimenta la energía ética y política necesaria para sostenerla.
Puede afirmarse que las condiciones sociales actuales favorecen la expansión de dinámicas cercanas a Tánatos: desesperanza, fragmentación, aislamiento e inmovilidad. Frente a ellas, la alegría colectiva opera como una expresión de Eros, capaz de reconstruir lazos sociales y de restituir el deseo de participar en la vida común. La alegría no elimina la pobreza ni resuelve las injusticias estructurales, pero permite que una comunidad recuerde que aún posee la capacidad de reconocerse como sujeto histórico.
¿Era solamente un partido? Desde una mirada estrictamente deportiva, la respuesta sería afirmativa. Sin embargo, desde la geocultura de Rodolfo Kusch y la inteligencia sentipensante o seminal de lo popular, o bien desde el pensamiento de Dussel, el acontecimiento revela una dimensión mucho más profunda. Fue un momento en el que una sociedad atravesada por la incertidumbre encontró una alegría común que reactivó la memoria, la identidad y la esperanza.
Cuando las condiciones materiales deterioran la vida colectiva, esa alegría deja de ser un hecho privado para convertirse en un acontecimiento político y cultural. Los pueblos no viven únicamente de pan, empleo o estadísticas económicas; también necesitan símbolos que alimenten su capacidad de resistir, imaginar y construir un futuro diferente. La pregunta, entonces, permanece abierta: ¿era solamente un partido o fue, por un instante, la expresión de un pueblo que volvió a sentirse unido?

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