BOLIVIA EN OTRA ENCRUCIJADA

Por Ángel Saldomando

En una conversación telefónica reciente con un amigo boliviano, sociólogo e investigador experimentado, me decía consternado a propósito de su país. “Estamos en el hoyo de nuevo, esto no tiene arreglo” Su consternación refleja el estado de ánimo imperante en un país que ha vivido dos prolongados periodos históricos con profundas repercusiones para desembocar en una suerte de retorno al pasado, lleno de incertidumbre y tensión. El periodo neoliberal 1985 2005 con diferentes presidencias subordinadas al plan del FMI dejaron a Bolivia devastada, convertida en un caso test para reformas neoliberales, endeudamiento y pobreza. El periodo del progresismo, por calificarlo de alguna manera, entre 2006 y 2025, fue un intento de reorganizar el país sobre una base que admitiera la diversidad social y étnica con mayor justicia social, controlara los recursos naturales y territoriales, sacando al país del empobrecimiento estructural y construyendo un camino de desarrollo. El balance es quizá prematuro en términos históricos, pero el periodo de bonanza duró hasta la mitad del segundo mandato de Evo Morales cuando se inició un considerable agotamiento del proceso en todos sus aspectos y desembocó en una crisis interna terminal, dentro del partido que había dirigido el proceso. Sería muy extenso abordar las razones de esa crisis, la cuestión es que las elecciones de octubre 2025 llegaron en condiciones muy deterioradas del gobierno de Arce inserto en la disputa por el liderazgo en el partido ya dividido, desgaste y marginalización del Mas, resurgimiento de la derecha en el marco de la usura de toda la clase política y un reflujo de lo que fue la base social del proceso. Una base diversa pero que constituyó una suerte de contraparte social con capacidad de veto e incidencia real. (se pueden mencionar: La confederación sindical de trabajadores campesinos, la de comunidades interculturales, los cocaleros y la confederación de mujeres campesinas Bartolina Sisa, constituían esa contraparte social.)
 Las elecciones se convirtieron en una caja de Pandora, ganó el insospechado Rodrigo Paz político de poca monta, tercero en las encuestas, en compañía de Edman Lara ex policía de perfil populista. Tuvieron que pedir franquicia para presentarse al partido demócrata cristiano, marginal pero que la prestó. La sorpresa fue un desplazamiento masivo del voto a la candidatura presentada como centrista y moderada de Rodrigo Paz contra la de derecha de Quiroga que prometía políticas de austeridad y recortes. El ´primero obtuvo 54% y el segundo 45%. Una historia nueva parecía comenzar.
El flamante presidente, asumió en noviembre del año pasado y se despojó rápidamente del perfil moderado y popular. Sin partido, sin equipos competentes y programa definido anunció políticas de alineamiento con el FMI, Estados Unidos, favorables a las grandes fortunas y poniendo en peligro además algo muy sensible, la posesión de tierras con una ley que permitiría hipotecarlas. En seis meses apareció capturado por la derecha más retrograda y despojado del papel moderador y de gestión de la crisis que sus votantes esperaban.
En las últimas semanas sus desencantados electores se movilizaron para protestar contra el súbito cambio de orientación del presidente, en la forma de bloqueos de rutas y marchas que han paralizado del país, exigiendo por lo bajo su cambio de política y en lo más alto su simple y llana demisión. Hasta aquí la situación podría ser considerada como un nuevo ciclo de inestabilidad interna, la que en su historial cuenta con más de una destitución presidencial. Sin embargo, ha ido escalando y además de la dinámica interna ha generado posicionamientos internacionales que parecen esta vez hacer de Bolivia un caso test de viabilidad de los virajes a la derecha en la región. Cuestión que incrementa la dimensión de la crisis al ponerla como una prueba de alineamientos internacionales y de viabilidad política para las pretensiones hegemónicas de Estados Unidos y las derechas locales. Lo gobiernos de México y Colombia bogan por una salida sin represión valorando las demandas de los manifestantes, mientras Estados Unidos alinea su reciente estrenada alianza americana para denunciar que hay en marcha “un golpe de estado que no permitirán”, cruel ironía de quienes tienen un largo historial en este campo en la región. Ya ocurrió algo similar en Venezuela, en su momento en Cuba y con otras experiencias de movilización social y conflictos internos en la región.
Nada más peligroso que esta deriva que carga ideológicamente las posiciones, pone el desenlace en términos rígidos de vencer a un adversario al que se le da un rango de amenaza global.
La cuestión no carece de importancia en una región donde las opiniones favorables a los oficialismos se desploman con facilidad. El problema es que ahora son los recientes gobiernos de derecha, el de Bolivia por las razones mencionadas cayó a un 27% de aprobación, Kast en Chile al 38%, Milei en Argentina al 33% y el de Trump, justamente el padrino de todos, ha caído al 37%.
La razón según un elector: “No está haciendo lo que dijo que iba a hacer” Es un elector republicano el que se expresaba así al comentar su decepción con Trump. ¿Que se le podría criticar a los electores bolivianos? Obviamente la cuestión no está ahí, radica en que un gobierno que vira a la derecha, contraviniendo abiertamente su discurso “popular” sea interpelado en la calle y amenazado de irse. Y eso si es una lección difícil de admitir. La palaba política aparece devaluada profundamente, y quienes la ejercen personajes inconsistentes sometidos a la danza que le imponen poderes fácticos externos e internos. En frente la ausencia de proyectos estructurales, liderazgos conectados con la sociedad y articulados con su participación generan un vacío donde se cuelan todas las regresiones favorables a las derechas.
Queda por ver si la actual coyuntura boliviana escala hacia una solución política o hacia la confrontación.

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