Por Adriana Fernandez Vecchi
Cada 3 de junio, se conmemora el movimiento Ni Una Menos, una expresión colectiva que surgió del transfeminismo en 2015 como respuesta al creciente número de femicidios y violencias ejercidas contra mujeres y diversidades. La movilización tuvo su origen en la indignación social generada por el asesinato de la joven Chiara Páez en la provincia de Santa Fe, hecho que impulsó una convocatoria masiva bajo la consigna “Ni Una Menos”, transformándose rápidamente en un acontecimiento político, social y cultural de gran relevancia. Desde entonces, la fecha constituye un espacio de memoria, denuncia y reflexión sobre las múltiples formas de violencia de género que persisten en las sociedades contemporáneas. Este año la convocatoria del colectivo transfeminista es alrededor de Congreso de la Nación a las 17 horas.La conmemoración del 3 de junio de 2026 permite reconocer la trayectoria histórica de las luchas feministas, cuyos antecedentes se remontan a las reivindicaciones por los derechos civiles, políticos y sociales de las mujeres. A lo largo de los siglos XIX y XX, los movimientos feministas impulsaron transformaciones fundamentales vinculadas al acceso a la educación, al trabajo, al sufragio y a la participación política. Estas conquistas fueron resultado de procesos colectivos de organización y resistencia frente a estructuras sociales profundamente desiguales que limitaron históricamente la autonomía y la participación plena de las mujeres.
En las últimas décadas, las luchas feministas y las diversidades han adquirido una renovada visibilidad y una creciente capacidad de incidencia en los debates públicos. Las demandas vinculadas al género, el reconocimiento de las diversidades, los derechos sexuales y reproductivos, la distribución de las tareas de cuidado y la erradicación de las violencias han contribuido a ampliar los horizontes democráticos y a problematizar formas de opresión naturalizadas en distintos ámbitos de la vida social. En este sentido, el crecimiento de los feminismos no puede comprenderse únicamente como un fenómeno político, sino también como una transformación cultural que interpela las relaciones de poder y los modos de construcción de las subjetividades.
Dentro de este proceso de expansión y diversificación de los feminismos, el feminismo decolonial ha adquirido una relevancia significativa en América Latina. Esta corriente teórica y política cuestiona las formas en que el colonialismo, el patriarcado, el racismo y el capitalismo han operado de manera articulada en la producción de desigualdades. Autoras como María Lugones han señalado la necesidad de comprender que las opresiones de género no pueden analizarse de manera aislada de las experiencias históricas de colonización y subordinación de los pueblos latinoamericanos. Desde esta perspectiva, los feminismos decoloniales proponen recuperar saberes, experiencias y formas de resistencia invisibilizadas por las narrativas dominantes.
Cada 3 de junio no solo convoca a rechazar las violencias de género, que han crecido exponencialmente, sino también a fortalecer las luchas colectivas por sociedades más justas e inclusivas. También es necesario luchar por las políticas públicas de cuidado y celeridad de la justicia, frente a las distintas violencias que se ejerce frente a mujeres, trans e inclusive a nuestras niñas, que por lo general, hacen aparecer a las victimas como culpables de la situación. La vigencia de los transfeminismos y la emergencia de perspectivas decoloniales constituyen herramientas fundamentales para la construcción de proyectos sociales basados en la igualdad, la dignidad y el reconocimiento de la diversidad humana
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