Por Federico Rodríguez.
Hubo un tiempo en que elegir una película implicaba salir de casa. Caminar hasta el videoclub, recorrer estantes, dar vuelta una caja y leer la sinopsis. A veces, la película que buscábamos estaba alquilada. Entonces aparecía una recomendación del empleado, una portada inesperada o una conversación con otro cliente. Elegíamos algo, volvíamos y le dábamos una oportunidad.
Hoy podemos recorrer cientos de películas sin levantarnos del sillón y terminar sin ver ninguna.
Entre esas dos escenas hay una transformación que excede el reemplazo del VHS por el streaming. Cambió nuestra relación con la elección, con el tiempo y con las obras. La distribución digital amplió extraordinariamente el acceso a la cultura, pero también consolidó una confusión conveniente para quienes administran ese acceso: que tener más cosas disponibles equivale, necesariamente, a disfrutar más.
Ahí aparece la doble vara del entretenimiento. La industria celebra la abundancia como un beneficio para el público, mientras mide buena parte de su éxito por la atención que consigue capturar. Para nosotros, una experiencia satisfactoria puede ser encontrar algo valioso y después cerrar la aplicación. Para un negocio que depende de prolongar nuestra permanencia, ese cierre puede representar una oportunidad perdida.
Cuando elegir tenía un límite.
El mundo de los formatos físicos tenía restricciones evidentes. Los libros costaban dinero, los discos ocupaban espacio y el videoclub dependía de un catálogo limitado. La distribución dejaba afuera a muchísimos artistas. Una editorial, una discográfica o un distribuidor podían decidir qué llegaba al público y qué permanecía invisible. Idealizar ese sistema sería olvidar sus exclusiones.
Pero sus límites también organizaban la experiencia. Un diario tenía una última página. Un disco proponía una secuencia. Llevarse una película implicaba una decisión que no podía reemplazarse, cinco segundos después, por otras cien alternativas.
Esa materialidad no garantizaba profundidad, aunque ofrecía condiciones para detenerse. Había un intervalo entre buscar y consumir. El entretenimiento podía ser una actividad delimitada: leer este libro, escuchar este álbum, mirar esta película.
La distribución digital redujo muchas de aquellas barreras. Permitió acceder a obras difíciles de conseguir y publicar sin esperar la aprobación de intermediarios tradicionales. Esa conquista merece defenderse. El problema comienza cuando la disponibilidad se convierte en un flujo que exige decisiones constantes y vuelve cada elección provisoria.
Siempre queda algo más por mirar. Siempre podría haber una opción mejor.
El catálogo que también agota.
La sobreoferta tiene un costo que no aparece en el precio de la suscripción: el trabajo de seleccionar.
En su informe State of Play de 2023, Nielsen señaló que los espectadores dedicaban, en promedio, 10,5 minutos por sesión a decidir qué mirar. El dato describe una fricción concreta: una parte del tiempo destinado al entretenimiento se consume intentando encontrarlo. No demuestra que todo catálogo amplio sea perjudicial, pero cuestiona la equivalencia automática entre más oferta y mayor comodidad. (Nielsen, 2023).
La escena resulta familiar: abrir una plataforma, recorrer portadas, reproducir avances, consultar otra aplicación y volver al principio. La promesa de libertad se transforma en una pequeña tarea administrativa. Elegir exige comparar; comparar recuerda todo lo que estamos dejando afuera.
A esa dificultad se suma una competencia cada vez más acelerada por la atención. Un estudio publicado en Nature Communications en 2019 encontró ciclos más breves de atención colectiva en distintos ámbitos culturales y digitales. Su modelo vinculó esa aceleración con el aumento de la producción y el consumo de información. El hallazgo se refiere a cuánto duran los temas en el interés colectivo; no demuestra una pérdida universal de la capacidad individual de concentración. Describe, sin embargo, un entorno donde cada novedad dispone de menos tiempo antes de ser desplazada. (Lorenz-Spreen y colaboradores, 2019).
Podemos acceder a más obras que nunca y encontrar menos oportunidades para permanecer con ellas.
Deslizar hasta dejar de disfrutar.
El doomscrolling muestra una de las formas más ásperas de esa relación. El término se refiere al consumo persistente y difícil de interrumpir de noticias o publicaciones negativas. No todo desplazamiento por una pantalla es doomscrolling, pero su dinámica permite reconocer un problema más amplio: seguir consumiendo cuando la experiencia ya dejó de resultar satisfactoria.
Buscamos una actualización que calme la inquietud y encontramos otra razón para continuar. La próxima publicación promete una explicación, una certeza o un desenlace que nunca termina de llegar.
Una investigación de 2024, realizada con 800 estudiantes universitarios de Irán y Estados Unidos, encontró asociaciones entre doomscrolling y ansiedad existencial. Sus resultados no establecen por sí solos una relación causal ni pueden generalizarse a toda la población. Sí aportan evidencia para tomar en serio una experiencia que suele reducirse a una supuesta falta de voluntad individual. (Shabahang y colaboradores, 2024).
El entretenimiento y la información conviven, además, dentro de las mismas interfaces. Una tragedia, un chiste, una publicidad y una recomendación musical pueden sucederse en segundos. Cada pieza demanda una reacción antes de que hayamos terminado de procesar la anterior.
Permanecer conectado dice poco sobre la calidad de la experiencia. Podemos seguir mirando por interés, por angustia, por costumbre o por la dificultad de encontrar un punto de salida. El tiempo de uso registra la permanencia; por sí solo, no explica qué nos dejó.
Soberanía cognitiva: quién decide qué merece nuestra atención.
La discusión adquiere otra dimensión cuando incorporamos el concepto de soberanía cognitiva: la capacidad de orientar nuestra atención, formar criterio y tomar decisiones sobre lo que conocemos y consumimos.
En su ensayo Soberanía cognitiva: una introducción a la autonomía psíquica, publicado en 2025, Juan Ruocco propone pensar esa autonomía frente a un entorno que compite por ocupar nuestro tiempo y modular nuestra conducta. Se trata de un marco de reflexión filosófica y política, no de una prueba experimental de que los algoritmos controlen nuestras mentes. Su utilidad consiste en desplazar la pregunta: además de cuánto consumimos, importa cuánto participamos en la decisión de consumirlo. (Juan Ruocco, 421).
Joan Cwaik aplica el concepto a los sistemas de recomendación y a la necesidad de conservar un criterio propio frente a sus sugerencias. Esa perspectiva invita a observar la distancia entre una búsqueda deliberada y la aceptación automática de lo que aparece primero. (Joan Cwaik, «Soberanía cognitiva»).
Una recomendación puede ayudarnos a descubrir algo extraordinario. El problema aparece cuando delegamos de manera habitual la selección y dejamos de preguntarnos por el recorte: qué aparece, qué queda afuera y qué intereses organizan ese orden.
El menú también forma parte de la elección. Podemos decidir libremente entre las opciones visibles y desconocer que existe un universo entero fuera de ellas.
Desde esta perspectiva, recuperar soberanía cognitiva implica poder buscar con intención, contrastar recomendaciones, tolerar una obra que no entrega gratificación inmediata y decidir cuándo alcanza. También requiere condiciones colectivas: transparencia en los sistemas de selección, educación crítica y espacios culturales que ofrezcan otros recorridos.
Exigirle a cada persona que resista por sí sola el diseño de plataformas enteras es otra forma de la doble vara: las empresas perfeccionan mecanismos para retenernos y después el agotamiento se interpreta como un defecto del usuario.
Publicar no es encontrar una audiencia.
La otra cara de la sobreoferta aparece del lado de quienes intentan decir algo.
Nunca fue tan accesible poner una canción, un ensayo o una película a disposición del mundo. Sin embargo, estar disponible no equivale a ser encontrado. La barrera que antes se concentraba en la entrada al circuito también aparece ahora en la distribución de la visibilidad.
La UNESCO advirtió en su informe de 2022 que la digitalización puede profundizar desigualdades mediante la concentración de plataformas, modelos de remuneración insostenibles y sistemas que dificultan el descubrimiento de expresiones culturales diversas. La apertura de los canales de publicación no garantiza, por sí misma, una circulación plural. (UNESCO, 2022).
Para quien tiene un mensaje o una propuesta, esto plantea una exigencia adicional: además de crear, debe aprender a hacerse visible. Filmar avances, producir fragmentos, diseñar miniaturas, sostener publicaciones y revisar resultados. El trabajo de promoción puede terminar ocupando el tiempo que necesitaba la obra.
Una propuesta puede perderse porque compite con demasiadas otras, porque no dispone de recursos para circular o porque necesita una atención que la interfaz desalienta. Su dificultad para encontrar audiencia no demuestra que carezca de calidad o de un público posible.
Confundir visibilidad con valor convierte una desigualdad de distribución en un juicio sobre el mérito.
Cuando el algoritmo se vuelve el primer destinatario.
Conocer al público y adaptar una presentación no son prácticas nuevas. El cine siempre tuvo afiches; los diarios, titulares; los libros, contratapas. La diferencia aparece cuando las condiciones de circulación empiezan a gobernar la concepción de la obra.
TikTok explica que su sistema de recomendaciones utiliza señales como las interacciones y la finalización de los videos. Esos mecanismos permiten estimar el interés de un usuario, pero no constituyen una evaluación de la riqueza cultural o la solidez de un argumento. (TikTok, explicación de su sistema de recomendaciones).
De esos incentivos surge una presión comprensible: abrir con un impacto inmediato, reducir las pausas, repetir estructuras reconocibles, prometer una revelación. Ningún recurso es malo por naturaleza. Un video breve puede ser extraordinario y una obra extensa puede no decir nada.
La pérdida ocurre cuando la pregunta «¿qué quiero expresar?» queda subordinada a «¿qué tiene más posibilidades de circular?».
Entonces una idea puede recortarse antes de desarrollarse. Una duda se presenta como certeza porque parece más contundente. Un asunto complejo se fuerza dentro de una pelea porque resulta más fácil provocar una reacción que construir una explicación.
Pensar un producto cultural como una obra con sentido propio exige otras preguntas: qué propone, cómo construye su mirada, qué contexto ofrece, qué conversación quiere abrir. Un mensaje claro y contundente puede necesitar tiempo, silencios o ambigüedades. La claridad también se construye mediante el desarrollo.
América Latina: abundancia sobre un acceso desigual.
En América Latina, el problema se superpone con desigualdades materiales que impiden hablar de una única experiencia digital. La saturación de algunos convive con las dificultades de acceso de otros.
Según el Portal de Desigualdades de la CEPAL, en 2023 el 23,7 % de las personas en áreas urbanas y el 59,6 % en áreas rurales carecían de internet en el hogar, según el promedio regional ponderado. Ese indicador no incluye las conexiones que pudieran tener mediante dispositivos móviles. La distinción importa: acceder desde un teléfono no supone disponer de las mismas condiciones para estudiar, crear o disfrutar una obra que contar con una conexión doméstica y equipos adecuados. (CEPAL, acceso a internet en el hogar).
Por eso, cuestionar la sobreoferta no puede convertirse en un argumento contra la ampliación del acceso. La región necesita más posibilidades de conexión y mejores condiciones para decidir qué hacer con ellas.
También enfrenta una disputa por la circulación de sus propias expresiones culturales. Un informe de la UNESCO sobre América Latina y España ya advertía en 2017 que la concentración de la intermediación digital podía comprometer la sostenibilidad de las industrias locales y la diversidad cultural. Señalaba, además, la necesidad de investigar los criterios y algoritmos que organizan la visibilidad. Es un antecedente del problema, no una fotografía actual del mercado. (UNESCO, La cultura en el entorno digital).
Desde esa preocupación, cabe preguntar qué oportunidades tiene una película regional, una editorial pequeña o una propuesta en una lengua indígena dentro de sistemas que operan a escala global. Adaptar una obra para volverla accesible a otros públicos puede enriquecerla. Exigirle que borre sus particularidades para resultar competitiva empobrece la conversación.
La soberanía cognitiva tiene aquí una dimensión colectiva: la capacidad de nuestras sociedades para producir, encontrar y discutir sus propias narraciones, además de acceder a las ajenas.
Eso requiere fortalecer bibliotecas, archivos, medios culturales, circuitos independientes y herramientas de distribución. Una cultura disponible en un servidor, pero difícil de encontrar para sus propios públicos, tiene una presencia frágil.
La piratería y las contradicciones del acceso.
La piratería introduce una incomodidad adicional: puede haber una oferta digital inmensa y, aun así, dificultades para acceder a una obra concreta.
Los catálogos se reparten entre servicios, dependen del territorio y cambian con las licencias. La suma de suscripciones puede resultar inaccesible para un hogar. También puede ocurrir que una película o un libro carezcan de una opción legal disponible en determinado lugar. La abundancia total y el acceso efectivo son cosas distintas.
El informe Media Piracy in Emerging Economies, publicado en 2011 y centrado, entre otros países, en Brasil, México y Bolivia, planteó que la piratería debía comprenderse también como un problema de acceso legal asequible. Su antigüedad impide utilizarlo para describir las magnitudes actuales del streaming, pero ofrece un antecedente regional para discutir la relación entre precios, ingresos y distribución. (The American Assembly, Media Piracy in Emerging Economies).
Un estudio de la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea de 2023 encontró, por su parte, que factores económicos y sociales influían en la piratería y que una mayor oferta legal contribuía a reducirla en los ámbitos analizados de cine, televisión y música. Sus resultados corresponden a Europa; trasladarlos automáticamente a América Latina sería incorrecto. Permiten, sin embargo, cuestionar las explicaciones que atribuyen todo el fenómeno a una falta de conciencia del consumidor. (EUIPO, 2023).
Comprender esos motivos tampoco resuelve el problema de la remuneración. Los autores, técnicos y productores necesitan ingresos para sostener su trabajo. La circulación no autorizada puede entrar en conflicto con ese objetivo, aunque una reproducción pirata no deba contabilizarse automáticamente como una venta perdida.
Tampoco conviene idealizar los circuitos ilegales: pueden reproducir la misma lógica de publicidad invasiva, captura de atención y opacidad que criticamos en las grandes plataformas.
La discusión exige sostener dos preguntas al mismo tiempo: cómo garantizar el acceso a la cultura y cómo permitir que quienes la producen vivan de su trabajo. Una respuesta limitada a perseguir usuarios deja intactas las barreras de precio y disponibilidad. Una defensa romántica de toda piratería deja sin respuesta el sostenimiento de la creación.
En América Latina, esas tensiones obligan a pensar precios adecuados a las condiciones locales, disponibilidad territorial, bibliotecas digitales y políticas de preservación. La cantidad de títulos anunciados importa poco cuando la obra buscada sigue fuera de alcance.
Recuperar el derecho a detenerse.
La crítica a la sobreoferta digital no exige volver al videoclub ni atribuirle virtudes mágicas al papel. Exige discutir qué condiciones necesitamos para que el acceso se convierta en una experiencia cultural valiosa.
Un catálogo amplio puede enriquecernos cuando cuenta con buenas herramientas de búsqueda, recomendaciones diversas y criterios comprensibles. La mediación de libreros, críticos, bibliotecarios, programadores y comunidades también puede ayudarnos a descubrir aquello que no sabíamos buscar.
El público necesita tiempo y autonomía para elegir. Los creadores necesitan oportunidades de encuentro y condiciones que les permitan desarrollar una voz sin convertir cada intervención en una prueba de rendimiento. En América Latina, ambas necesidades conviven con la urgencia de ampliar el acceso y sostener la producción cultural propia.
La doble vara se mantiene mientras llamamos libertad a una oferta interminable y éxito a cualquier mecanismo que consiga retenernos dentro de ella. Podemos exigir una medida más ambiciosa para el entretenimiento: que nos conmueva, nos divierta, nos enseñe algo o nos permita mirar de otra manera.
Una buena obra deja algo cuando termina. Un buen sistema de distribución debería ayudarnos a encontrarla y permitirnos, después, irnos.